Fotografía, activismo de sofá y venta de la vida humana

  • Escrito por Ara Carreón

Es bien sabido que la vida humana de todas y todos los que habitamos un lugar es diferente en cada contexto. Que esto se sepa es una labor que algunas personas hacen para visibilizar realidades alternas a la nuestra; mientras unos luchan y resisten día con día, algunos realizan actividades para llevar hasta las más altas esferas: Las demandas y decadencias de las que muchos padecen día con día. Evidentemente, dicha labor es, muchas veces, encabezada por fotoperiodistas y fotógrafos documentalistas que, gracias a su entusiasmo por realizar periodismo de calidad (bajo estandares pautados por periodistas y teóricos de periodismo) han llevado a la mesa del debate y el centro de atención temas difíciles e incómodos de colocar a la vista del público. Sin embargo, esta labor ha sido manchada,por la decadencia de principios éticos y morales. Este texto no pretende generalizar ni mucho menos dar clases de cómo ser “un buen periodista” simplemente creo que es un tema poco abordado y del que no muchos se atreven a hablar porque es muy difícil, a veces, ser congruente con ideales y principios propios, sobre todo cuando se trata de obtener algún reconocimiento de nuestro trabajo. Estos reconocimientos pueden ser otorgados por diferentes instituciones, ya sea que la misma agencia donde las imágenes son difundidas los de o que te inscribas a concursos donde la labor del fotoperiodismo se reconozca. Es justo en dichos concursos donde la crítica se hará presente en este texto. 

Los concursos de fotografía documental y fotoperiodismo, son básicamente la latencia perfecta para generar lo que muchos llamamos “Activismo de sofá”. Es decir, aquellos sujetos que se indignan, teorizan y se sienten con la capacidad de “defender” alguna causa pero que están totalmente alejados de esa realidad y que sus actividades para apoyar dichos movimientos se quedan en fotografías que, si bien cumplen su función principal (visibilizar) no hacen algún acto más allá de eso. Es incluso absurdo pensar que la problemática central de un contexto resuelve sólo con ser un privilegiado de conocer el lenguaje fotográfico e ir a cubrir una marcha, un acontecimiento o un hecho en concreto. 

Además, imaginemos que en un caso hipotético se ganó dicho concurso y se obtuvo algún beneficio económico, ¿no se tendría que dar al menos un 50% de dicho mérito a los sujetos que nos permitieron (o no) entrar en la intimidad de sí mismos y abrir su realidad a la vista y juicio de todos? Ese es un principio fundamental, porque no es posible que sólo un lado salga beneficiado, mientras que el otro se queda ahí viéndose a si mismo en millones de copias en Internet u otros soportes, pero sin que haya algo diferente. Para mí eso es aún más decadente que ser activista de sofá. 

Así, me remonto a las palabras del gran pedagogo brasileño Paulo Freiere para cerrar este texto y resumir su falso activismo sin ética que los fotoperiodistas y documentalistas hacen con sus visibilizados, ellos son “despojados de su palabra, y por esto comprados en su trabajo, lo que significa la venta de la persona misma”. ¿A cuántos y cuántas más piensas vender por tu beneficio curricular o por sentirte parte de una lucha? ¿A cuántos y cuántas más piensas callar para ser tu el altavoz de sus carencias o realidades? 


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